lunes, 4 de septiembre de 2017

El Big Bang

Rindese él a la ignota belleza del semblante, a la deslumbrante magia, al misterio de aquella extraña, incomprensible esencia.

Baluarte que desata el hambre de conquista del belicoso guerrero.
Paradójica completud disfrazada de mitad.
Paradójica y perfecta... rindese la masculina gallardía ante la femenina, divina presencia.

De un beso robado hace ella la aventura. Desdoblado el tiempo por aquellos salvajes (tiernos) labios, sensual espejo de su propia grandeza, se hace ella eterna, inconmensurable Diosa. Es él quien la descubre, desde aquellos codiciosos, estupefactos ojos, con aquellas firmes, (suaves) manos, quien la recrea, quien la llama, haciéndola certeza. Es por esos besos extasiados que rompe lo divino su capullo y se hace carne... y vida.

Es ella... Diosa.
... y él quien la adora.

Son ambos la danza del sol y la luna, son ambos los hermosos.
De ambos el universo... y la existencia.



miércoles, 30 de marzo de 2016

Otra del baúl de los recuerdos

Amor.

Iniciaba el verano del 77, terminaban por fin las clases.

Hacía calor y yo, con mis libros bajo el brazo y dirigiéndome a casa, saboreaba mi recién conseguida libertad.

En cuanto llegue a casa- pensaba- me regalaré una enorme "Coca Cola", nada más para celebrar.

La vida era maravillosa, tenía mi bici, mis amigos, unas largas vacaciones por delante y sobre todo... Tenía a Mónica.

¡Por Dios, Cómo la amaba! La piel se me ponía fría cada vez que pensaba en ella. Contaba tan sólo 13 años pero yo la amaba igualmente. Además yo tenía 15. No está mal- me decía- no está nada mal. Es más, está requetebién.
Con un silbido juguetón naciendo entre mis labios corrí para alcanzar al autobús que me conduciría al hogar.




Ir por las tortillas, ayudar en la mesa para sentarnos todos a comer, saborear mi deliciosa coca cola y acarrear mis libros hasta el estante (que los guardaría por una larga temporada) consumió la mayor parte del tiempo desde mi llegada y hasta aproximadamente las cuatro treinta de la tarde.

Alrededor de las cinco, sentado en el dintel de mi ventana, en el cuarto piso del edificio en el que vivía con mi familia, observaba, con detenimiento y atención a los autos que llegaban. Mónica asistía a un medio internado y regresaba del mismo a esa hora. Yo, un hombre fiel, me sentaba ahí todas las tardes para verla llegar.

Es tonto- me decía en ocasiones- es tonto estar aquí. Todo el mundo sabe que espero por ella y todos saben que tan pronto llegue, bajará del auto, echará una discreta mirada a mi edificio, me verá ahí (puntual como siempre), se meterá al suyo y... ahí me quedaré yo, perplejo y enamorado, esperando por el día siguiente.


Si, todos lo sabían, Dios y el mundo entero sabían que yo estaba perdido por una niña que no me pelaba. Era un sueño, un tonto sueño, un exquisito sueño de muchacho, un fabuloso, cursi, maravilloso y desventurado sueño. ¡Yo lo sabía! Y pese a eso, o tal vez por eso mismo, esperaba.

¡Qué más té queda!- decía para mí mismo- qué más sino esperar. La amas como jamás habrías imaginado, como quizás no vuelvas a hacerlo.

Qué más si de solo contemplarla el corazón se te escurre del pecho y tu alma toda se inflama de placer.

¡Y ahí llegaba!, El conocido ronroneo del auto de su padre interrumpiendo mis pensamientos.

El pequeño Datsun azul se detuvo frente al edificio seis y de su interior salió el señor Ramírez (el también sabía). Me dirigió una mirada amigable aunque condescendiente, una mirada que decía- En verdad te gusta ¿No? Y acto seguido se perdió en el interior del inmueble.

Ella salió del auto entonces.


Con su uniforme del "Héroes" Mónica era, ni más ni menos, la mujer más hermosa del universo... y punto. Pelo negro, apretado en cola de caballo, ojos tan grandes y profundos como pozos, esbeltas, hermosas, bellísimas piernas enfundadas en calcetas, tenue cuerpo, cubierto en poderoso gris escolar a la rodilla. ¡Ah por los hombres enamorados!

Dulce reina que descendía de su carruaje.

Así que tal y como yo esperaba, ella bajó del auto, alzó la mirada y...

¡Se sonrió conmigo!

El mundo osciló peligrosamente a mí alrededor (recuerda que vivía en un cuarto piso) y un delicioso vértigo se apodero de todo mi ser.


No era algo tan fuera de lo común, ella algunas veces lo hacía, solo que siempre que ocurría padecía yo la misma reacción. Todo yo me sentía morir y renacer a un tiempo y la existencia se llenaba de las más tiernas notas de bendito, claro y puro amor.

¡Y claro que ella era perversa! Era un verdadero vendaval de fatalidad.

13 años de tierna femineidad apuntando su arsenal pesado al infeliz y loco niño que empequeñecía a ojos vistas debía ser un espectáculo la mar de divertido ¿No?

Aún ahora, al relatarte esta historia, puedo sentir la frágil mansedumbre de aquel niño que intuía lo inmenso y lo pequeño de la existencia. Lo grandioso al lado de lo bizarro, lo sublime a la par de lo mundano.

Mónica bien que sabía de que pie yo cojeaba.

Sus discretas y coquetas miradas a mi edificio eran regalo y pesadilla, gloria e infierno. En varias ocasiones, a lo largo de los años, cuando, descansando frente al televisor o  contemplando el atardecer al final de la jornada, me he perdido en los recuerdos de esos tiempos me he preguntado ¿Qué habrá significado para ella mi presencia en esa elevada ventana?

Puedo asegurar que para mí, aquellas tardes de fidelidad desde el ventanal fueron terribles, dolorosas y fantásticas hasta el límite de mi entendimiento. Esa niña vivió en el centro de mi corazón por mucho, muchísimo tiempo y creo ser honesto si afirmo que fue ella la primer mujer que me obligó a tomar conciencia de lo profundos que pueden ser unos ojos.

Hubo mucho más que sólo esas tardes desde el dintel (aunque nada demasiado tórrido me temo), pero creo que eso fue lo más esencial, lo más preciso y puro que puedo referir.

Ella sé sonrió conmigo (como algunas otras veces), levantó apenas su mano en breve saludo y desapareció tras de su padre en el interior de su edificio.

¡Hasta mañana hermosa, hasta mañana!



¿Qué más puedo decir?

No hubo encuentro final de entrega ni beso apasionado.

Aquel verano fue, de muchas maneras, El Verano. Para cuando julio se convirtió en agosto había yo ya tenido muchas ocasiones para depositar mis lujuriosas e ingenuas miradas sobre aquella piel morena. Lenta, pero inexorablemente, mi amada se transformaba en mujer. Cual pequeños capullos, sus tiernos senos comenzaban a llenar el vacío espacio que protegieran sus leves blusas playeras.

Jugando "encantados" o "escondidas" pude tener (y contener) mi cuerpo frío junto a su ardiente pubertad y disfruté de su cháchara ligera al tiempo que sondeaba los abismos de esos negros ojos. En cierta ocasión incluso pudimos estar a solas, sin la barrunta descompasada de nuestros adolescentes amigos. De aquel glorioso día podría escribir toda una oda a la vida. Una tarde entera para fantasear con nuestra fuga (Claro, todo esto en la intimidad de mi mente), con la choza que nos guardaría, con los atardeceres frente al mar y con las locas noches de piel y piel y piel que gozaríamos uno al lado del otro. ¡Cielos, que días aquellos!


En fin, que aquel verano fui lanzado al mundo de los jóvenes en la catapulta del amor que sentía por ella, por Mónica. Verano aquel que, como todo, llegó a su fin. Verano que el hemisferío norte cedió al otoño majestuoso de nuestras latitudes. Verano que jamás olvido.

Tiempo de mi juventud que me llevó (con sus nuevos libros) hasta el portal de la academia poderosa de la escuela preparatoria.

Pero divago.
Aquel período pues, llegó a su fin. Hubo después algunas vacaciones más. Fuimos amigos y yo pude contemplar de cerca aquellos ojos, aquel dulce rostro y aquel breve y poderoso cuerpo de niña mujer que, al tiempo, se fue llenando de promesas y misterios. Así ocurrió, hasta que llegó aquel otro verano en que mi amada se escapó con su familia en busca de otras promesas del mundo. El pequeño niño hombre que era yo no lloró con lagrimas aquel adiós, pero su corazón, infantil y eterno, sí.

Llegaron otras mujeres, llegaron otros quehaceres, me convertí en adulto y tal vez hasta aprendí algunos trucos pero, es importante decirlo, de alguna forma quedó mi corazón aguardando el que alguna de esas tardes de aquel lejano verano el dulce néctar de esa boca se derramara en mis labios.

Quedó el recuerdo.

Quedo en mi alma, en mis sueños y en las líneas del poema que escribí un par de años después del último encuentro con mi pequeña amiga, con mi pequeño amor.





***





“Cuando ayer abrazé tu alma en mi corazón soñé que eso era amar. Más luego de tu partida, ya lejos de ti y del calor que tu belleza irradia, entendí que aquello que los poetas perciben en las rosas es más que sólo su descomunal belleza. Cuando continué por la vida sin tu luz comprendí que no es sólo su hermosura lo que hace a las rosas tan perfectas. Comprendí que son eternas gracias a ese tenue, exquisito aroma que, cual benigna niebla, todo cubre y de fresca dicha todo impregna.

Ahora, cuando ya te has ido, sé que amarte no era verte y adorarte. Ahora que no hay sino sombras, sé que amarte a ti era amar al mundo, sé que amarte a ti era amarme, porque de tu aroma hermoso mi existencia toda tú llenaste.”

Doquiera te encuentres.

Que la vida te haya obsequiado alegría

y que tus penas sean de esas que siempre se pueden soportar.







Luis Miguel Manzo

México D.F. 1982

Directo del baúl de los recuerdos

Mística sangre.



Despacio, en la penumbra, a la luz difusa que se filtra desde la ventana, mis ojos te buscan. Eres una sombra apenas percibida, casi adivinada. Erguida junto al lecho esperas, sensualidad que se transforma en celo. Me aproximo sigiloso, conteniendo apenas el miedo portentoso del deseo. Nada, ni un destello, tan solo el sublime dejo de tu almizclado aroma. Callado, casi estupefacto, busco con mis labios la leve curvatura de tu cuello, principio gracioso de un camino que ya encuentro. Un suspiro, un gemido; Al medroso toque de mis manos surges mujer, contundente. Choque eléctrico que se dispara al firmamento.

Antes estática, te vuelves fuerza. Tiras de mí y me empujas a tu lecho.
Eres mi fuete, mi cayado, soy tu esclavo, tu tortura. Fuiste un sueño y eres vida.
Afuera el mundo queda y sólo las estrellas, codiciosas, son testigos del amor que me domina.
Ansiosas por tocarte, mis manos invaden tus fronteras, seguras en tu cuerpo, en tus formas.
Eres meseta y valle, eres senderos y mágicos lugares, cálida criatura del deseo que enciende fuegos y desencadena tempestades.
Soy labriego de mis sueños, tú eres llama que incinera voluntades.
Sangre, alma, cuerpos, vida. No abandones, no me niegues, vengo a ti, en busca de tu herida.
¡Cómo fingir que soy amo! Sí autoritaria arrebatas, con tu boca, hasta el último vestigio de mi compostura.

Exigente (yo perdido), aprisionas mi existencia en derredor de tu talle y me convierto en juguete, en hoja soltada al viento, en lágrima estremecida.
Eres tan todo, tan pequeña, tan divina.
Encalla mi cuerpo en ti y tu rostro se transforma, eres ahora imagen, trazo desdibujado del éxtasis compartido.
Arrebatado semblante, marco de graves gemidos, de una diosa que ha caído, convulsa su piel ardiente, en manos del enemigo.
Te estremeces y me aprietas. Ahora yo soy el dueño, tú el baluarte conquistado de un guerrero enardecido.
Y ahora comienza mi viaje. ¡Oh, mi amor! ¿En qué me has convertido? Soy la orilla de un misterio, inenarrable tormento que adivino en tus entrañas.
Mi corazón se desboca y entonces me desvanezco, no soy más yo, no soy más mío.
Vamos volando juntos, trascendiendo la incongruencia de pensarnos mismidades. Arriba, arriba, dejando de ser certezas, somos eternidades.

¡Oh Mujer, por fin lo he comprendido! Unida la carne no es una, unida a tu centro no es carne. Es amor, es fuente, es extraña subyasencia de universos infinitos. Es concebir, más allá de la conciencia, que juntos somos El Cielo, por acto de Dios en materia, en mística sangre vertido.


***



Luis M. Manzo

México D.F. 1992

jueves, 1 de noviembre de 2012

Las Piedras



Forcejeando con las abatidas velas la mujer no lograba sino empeorar su situación.
Desgarradas y maltrechas, aquellas largas mantas amenazaban con rendir el bote al poderoso ataque del vendaval. La tormenta (que aparentemente había salido de la nada) se abalanzaba furiosa sobre la frágil barca y la mujer, pese a su enorme determinación, nada podía frente a tan abrumador adversario. Ella, la pequeña embarcación y sus preciadas piedras, terminarían sin remedio en el fondo del mar.  A menos que ocurriera algo... y pronto.
Preocupada, soportando dolorida las correas de los desgarrados lienzos, la mujer, de negro y  revuelto cabello, imploraba, entre mal contenidos sollozos, por un milagro del cielo. Otra barca, divisando su desgracia y acudiendo al rescate; un brusco cambio en la dirección del viento, alejando la tormenta de aquella región; ¡Un ángel descendiendo de los cielos para conducirla a puerto! Preciosas, consoladoras,e inútiles visiones que no se materializarían nunca.
Ella estaba perdida... y lo sabía.
Había pasado toda la mañana (y aun parte de la tarde) recolectando aquellas deslumbrantes piedras. Eran, a sus ojos,  perfectas, e increíblemente hermosas.
Hermosas y pesadas- le había susurrado una voz en su interior.
Pesadas, sí - había rebatido altanera - ¡Pero cuán valiosas! 
Había batallado mucho por aquellas piedras y las tendría. 
Eso no tenía nada de malo. 
Se trataba de arriesgarse un poco y acarrearse las más posibles. ¿Cierto?
Y ahora las desgraciadas harían zozobrar a la barquilla. 
Condenadas piedras.
¡Ha, pero iban a ser la envidia de todas en el pueblo! 

*

Era una tradición ancestral.
Construir torreones con aquel tipo de piedras (a la medianoche del día de la clausura del carnaval) en el frente de la casa familiar tenía su magia. Aunque ya nadie lo recordara con certeza, se decía que antes, en el pasado, aquellos monumentos habían servido para ahuyentar a  las ánimas y los espíritus chocarreros.
En la actualidad, y año tras año, las mujeres, siguiendo esa antigua tradición, continuaban acumulando las pétreas ofrendas en sus jardines. Los torreones, según decían, atraían salud, amor y dinero (muy buen dinero sí tu torre era alta) a sus constructoras.
Aquella mañana, y luego de despedir a su marido en la cocina, Magdalena había decidido acercarse hasta el fiordo de la bahía pues ahí, a escasos metros de profundidad y entre los arrecifes, se podían encontrar las mejores, negras, límpidas, lustrosas. Le parecía que la torre de su prima Estela superaba a la suya por hasta quizá cinco centímetros, tal vez más. 
Era demasiado. 
El carnaval terminaba mañana y…
¡Condenada tormenta!
¿Por qué tenía que haber aparecido? Aunque era un hecho que aquella voz interior también le había alertado al respecto. Era curioso, pero ahora, mientras se devanaba por encontrar una salida para tan terrible situación, mientras las primeras semillas del de miedo germinaban en torno a sus riñones, Magdalena comprendió que había escuchado esa voz muchas veces en el pasado… y que se parecía mucho, muchísimo, a la voz de su papá. 

Una poderosa ráfaga arrancó los lazos de sus manos y los empapados jirones se alejaron volando. Las olas anegaban el fondo del barquillo con alarmante rapidez y ella supo que, a menos que el milagro terminara ya de aparecer, el final se acercaba. La maldita barca ahora sí estaba fuera de control. ¡Condenada odisea!
Si el inútil de Manuel no se pasara los días fingiendo que trabajaba ella no tendría que estar ahí. Sí el pobre diablo no fuera más que eso, un pobre diablo. Sí ganara lo suficiente como para regalarle cosas lindas, como una tele gigante o una recámara nueva. Sí tan sólo fuera como Toño, el esposo de Estela, ¡Ha, entonces sí! Entonces ella no tendría que estar ahí, rogándole a quien sabe quien por un milagro. Claro que Toño había tenido suerte al conseguir aquella comisión en la cooperativa. Claro que antes de eso aquel otro bueno para nada tampoco cantaba mal las rancheras. Asnos infelices. ¡Condenados hombres!
Todo era tan condenadamente estúpido. 
No’más nacías, te secaban la leche de la boca y órale, a ayudar a tu madre en las tareas de la casa (bendita suerte de resultar niña), barriendo, limpiando, sirviendo. Luego, tras colgar en la sala tu diploma de la “prepa”, empezabas la “emocionante” tarea de encontrar marido entre los empleados de la pescadería. Y déjame decirte que nunca con mucha tela de donde cortar. Sucios y lujuriosos o lujuriosos y borrachos. ¡Cuanta variedad! Pero, de entre los más, los menos, decían antes, así que, tras elegir al que suponías te convenía, te casabas. Tenías hijos para redondear la dicha y luego (tras todos esos lujos), terminabas junto a las otras, contando chismes en la plaza… y juntando piedras. 
En aquellos momentos, mientras la marejada amenazaba con mandar todo al carajo, Magdalena se preguntó (quizás por primera vez) por la incierta sensatez que podía caber en eso de ir juntando cosas (como esas pinches piedras) a lo largo de la vida. 
Hubo un tiempo, pensó amargada, en que, cansada tras las correrías de la jornada, había soñado con algo más exótico que torreones de piedras. Un día, recordó, justo después de cumplir diez y siete, mientras sentada sobre un promontorio miraba al horizonte, había suspirado por lo que pudiera encontrarse más allá de esa lejanía. Una fresca brisa llegada desde el océano le había cantado entonces insondables letras que hablaban de plenitud y de dicha. Serenas tonadas que, arrobando su ser por completo, le habían producido extrañas y melancólicas emociones, obligándole incluso a derramar algunas lágrimas.
Se había casado con Manuel al cumplir veinte. Con Manuel, el intendente de ásperas y codiciosas manos, el de los negros y penetrantes ojos, el tosco muchacho que la hacía temblar siempre que la besaba. 
Magdalena se estremeció al darse cuenta de que su mente le estaba jugando una mala pasada. ¿De dónde salían todos aquellos tan negros pensamientos? La situación era precaria pero... ¿Tanto?  
Cual aplicado estudiante respondiendo a una cuestión sencilla, el frío tifón eligió el momento aquel  para, barriendo al barquillo por los aires, aclarar todas las dudas de la mujer respecto de su situación. 
Magdalena cayó por la borda y, mientras las piedras (que tan hermosas le habían parecido unas horas antes) la escoltaban hacia el fondo, tuvo un fugaz pero tremendo entendimiento. 
En el instante mismo en que su piel tocó el agua, se recordó a sí misma siendo niña. 
Aterrada, con las malditas piedras enrolladas entre la ropa, pasmada por el gélido abrazo de la mar embravecida, y mientras de verdad asustada luchaba por regresar a la superficie, volvió a sentir, estupefacta, aquella exuberante sensación de libertad que experimentara al corretear sobre la arena cuando apenas contaba siete años. Helada y perpleja, sintiéndose arrastrada hacia abajo por las malditas piedras, recordó, maravillada por la claridad de las imágenes, cuan gratas habían sido aquellas jornadas al lado de su padre y, al tiempo que la creciente oscuridad iba rodeándola, revivió asombrada el gigantesco amor que había sentido por aquel corpulento pescador.
El pánico, que habría querido mantener a raya, terminó entonces dominándola. Y es que, pese a todos sus intentos, no conseguía soltar el amasijo que la encadenaba a las pesadas piedras. Es increíble, -pensó- pero morirte es como revivir el pasado de una sola sentada. 
Y mientras la lucha vehemente por soltarse se transformaba en feroz batalla por el bendito aire, su mente dio otro giro y casi pudo, por un segundo, estar ahí, en la playa, junto a su papá.
Su padre, atinó a recordar, (caray, hacía tanto que no pensaba en todo aquello) gustaba de cargarla al pecho cuando el anochecer ponía fin al paseo. Arropada entonces en sus brazos regresaba a casa donde los esperaba mamá con un plato de humeante sopa. 
Magdalena siguió adentrándose en la oscuridad del agua y, justo cuando aterrada hasta la locura llegó al fondo, justo cuando absolutamente extenuada cesó de luchar, justo cuando la insensible tormenta terminó por fin de devorarla, comprendió él porque de aquellos recuerdos. Súbitamente, en medio de aquella acuosa oscuridad, lo comprendió todo. Envuelta en la fría mortaja del océano su ser voló al pasado. Atrás, atrás, al tiempo aquel, cuando todo en el mundo era grandioso. 

**

Sintiendo el viento fresco acariciando su cara, y mientras la mirada de su padre la seguía desde el promontorio, Magdalena corrió por entre los junquillos que crecían a lo largo de la orilla.
Su papá decía que algunas veces se podían rescatar tesoros ocultos de entre aquellos manojos.
Siempre dispuesto a mostrarle las maravillas del mundo, decía también que la luna amaba tanto a la bahía que, en las noches en que aquella estaba brillante y redonda, debatía con la tierra por la marítima extensión y que por eso, a veces podías ver como el agua subía y subía. Agua voladora escapando con su blanca novia hasta lograr el cielo.
Su papá era el hombre más listo del mundo.
Y ella era su princesa.
Cuando se caía o se raspaba las rodillas él sabía curarla sin dolor poniéndole gasa y apósitos como nadie. Su papá era lo máximo y ella lo adoraba. En ocasiones la tomaba en volandas haciéndola girar desenfrenadamente, o la apapachaba quedito con sus enormes y ásperas manos. Ella sabía que su padre la quería más que a nadie, sabía también que a su lado nada malo podría pasar nunca y por eso, en ocasiones, cuando en medio de sus juegos buscaba su silueta en el entorno, no podía evitar sentir, en el fondo de su ser, una extraña y poderosa sensación de apenas comprensible plenitud. De enorme, desbordante y absoluto amor.

Magdalena convulsionaba y, mientras el agua gélida del mar entraba a borbotones por su derrotada garganta, otra agua, más cálida, comenzó a salir de sus asombrados ojos.
Al tiempo que aquella ineludible oscuridad le arrebataba la vida, sus ojos ofrendaban al ciclón esta agua dulce que entibiaba el fondo oceánico. Noble, tierna agua que, saliendo de sus entrañas, purificaba la siniestra  turbulencia. Ardientes y dolorosas lágrimas surgidas del fondo de su corazón se diluyeron en la inmensidad de la salina bahía. Una vida entera de falsos espejismos se desvaneció entonces en el abismo para dar paso a aquella, la invaluable certeza de su infancia. Lagrimas de ojos niños, vindicando la plenitud de ser, de existir. Cristalina remembranza de aquella Conciencia, la de ser todo cuando nada se posee.
Magdalena comenzó a soñar, comenzó a desdibujarse. 
Podía salir volando de aquella oscuridad. Podía ir a conocer aquella lejanía de allende los mares. Podía, sí así lo quería, escuchar eternamente aquel reclamo que la brisa le acercaba desde el horizonte. Tenía sueño, mucho sueño y, después de todo, nada era sino piedras, negras y lustrosas piedras que una iba acumulando al pasar de los años. Se trataba tan sólo de soltarse y dejarse ir ¿cierto?

-Falso. 

La voz de su padre se dejó escuchar, clara y contundente, en el anegoso fondo acuático.
Son las piedras - le dijo la voz de su padre – te tienen atrapada.
Una nueva, enorme, eterna Conciencia se precipitó (desde el fondo de su corazón) por entre sus hinchadas ropas como bálsamo de agua termal. 
Su padre, aquel ser maravilloso que había muerto cuando ella tenía doce años, le hablaba en el fondo del mar. Le hablaba y le aconsejaba con su poderosa y bellísima voz.
Entonces lo vio. 
Vestido de agua.
Translúcida, pero tan contundente como el rojo coral del arrecife, su robusta figura la contemplaba desde su izquierda, un par de metros por encima, con aquella extraña y hermosa mirada de siempre. Tendiéndole su enorme y dulce mano la invitaba a seguirle hacia la superficie. Magdalena no sabía quien era ella, ni cuando estaba ocurriéndole esto. ¿Era la danzarina niña de delgadas piernas, o la solitaria joven que añoraba su cariño mucho más de lo que se atrevía a aceptar? ¿Era la casi cuarentona mujer que había perdido toda esperanza?
Pero su padre estaba ahí y eso era todo, eso era lo único importante.
Con un resabio de fuerzas salido de sabía Dios donde, la mujer se desprendió por completo de sus ropas y, mientras su papá la tomaba en brazos, obediente le cedió el control y perdió el conocimiento.

***

Mientras los rayos del sol de la mañana se asoman a los calizos fondos del arrecife, una femenina silueta dibuja su sombra sobre la arena desde una pequeña formación rocosa.
El viento juguetea con su negra y larga cabellera mientras la mujer mira hacia la extensión. Perdida en sus pensamientos no sabe que parece una amazona victoriosa. 

Había visto a su padre... había estado entre sus brazos.
Cuando recuperó la conciencia se encontró aferrada al casco del bote. Como pudo, soportó lo más duro de la tormenta hasta que, finalmente (en mitad de la noche), arribó su barca salvadora. Habían salido a buscarla. Manuel había salido a buscarla... al fiordo. Aun cuando no había anunciado sus intenciones de salir a navegar, Manuel había salido a buscarla al fiordo. – Algo, intuición tal vez, me dijo que te buscara ahí- le había dicho. 
Temblorosa y exhausta, se había dejado conducir. 
Había dejado que Manuel le ofreciera un plato de humeante sopa para luego, arrullada en su pecho, caer rendida.

Desde las rocas la mujer sonrió al día, sonrió al océano. 
Su padre la había sacado del fondo.
La había sostenido y le había recordado un secreto, el mayor secreto del universo.
Rayando con su pie sobre la arena la mujer revivió jubilosa el evento.

No sabía en realidad que había ocurrido. En un segundo estaba muerta y luego, en un instante, se había sentido completamente viva, como nunca antes.
Siempre había vivido con miedo. Había creído que estaba sola y que había que luchar por todo. Pero, al igual que las piedras la habían arrastrado hacia el fondo, esas creencias la habían arrastrado a la locura. Y entonces, en el abismo, rendida y liberada de todo afán (y más allá del miedo), había recordado. Cuando se fue el miedo estalló la luz. El amor, su padre, la inocencia, la dicha.
Del fondo inacabable de su entraña llegó el amor, en la figura de su padre.
Desde el manantial eterno de su corazón llegó la comprensión.
La felicidad, la plenitud, eran todas suyas, eran su destino…y su esencia.
¡Y ella lo sabía!
En la diáfana claridad de su infancia, en aquella cristalina e inocente alabanza por todo lo creado, en el jubiloso rendirse a la dicha de experimentarlo todo, se había sabido infinita… y divina. Había amado totalmente a su padre porque él la había amado sin medida.
El amor de ambos era el reflejo de lo que ellos eran.
¡Su propia grandeza, su propia perfección!
No tenía que luchar por su vida, la vida era el escenario para expresar el amor.
¡Ella, ellos, todo era el amor!
Su padre, aún vestido de agua, había sonreído cuando Magdalena comprendió la verdad.
Tu Eres eso- le había dicho- puro, desbordante y absoluto amor.
En ese instante, inhalando Conciencia en medio del océano, había estallado desde su corazón la Verdad de lo que ella (y todo) Era. Podía morir en la mortaja de sus miedos, o podía rendirse a la inmortalidad de Amar. Renunciando a controlar su vida... podía, simplemente dichosa, gozar de su existencia. Aquí, ahora.
Vivir es Amar... y amar lo Es Todo.

****

Mientras el sol derrama su luz sobre el hemisferio occidental, una mujer, de negra y ondulante cabellera, proyecta su sombra sobre las prístinas arenas que bordean un litoral. En silencio,alzando la vista a la naciente claridad del día, y desde el fondo de su corazón, entona un nuevo y eterno canto de gratitud.

Alabanza al Amor por mi vida... Exactamente como es.

Gracias Señor por todo lo creado.
Gracias por el mar y las arenas, por el día, por las estrellas.
… y por el increíble regalo de ser.
Niña
Mujer
Esposa
Madre

... Una Amazona Victoriosa.

Fin.

martes, 16 de octubre de 2012

Otro de vaivén de olas.


"Cuál colorido estandarte que pausado ondea al vaivén del viento, es la estremecida Conciencia, en sensible experiencia agitada"



Imagina una bandera que, a la punta de un asta, alegre ondea al ser mecida por el viento.
Si te esmeras, quizás hasta puedas imaginar que escuchas el acompasado "flap, flap" que en aquella estalla al seducirla este con su aliento.

Imagina ahora que es tu "Vida" la que es así "ondeada"... a la leve caricia de una brisa de experiencias.
Si te esmeras, quizás hasta podrías adivinar que aquella suave danza, aquel vaivén "se siente"... como colores, olores, sabores, emociones... y certezas.

Imaginarte eso tal vez te permitiría comprender que Tu no eres "tu vida", ni la "bandera" que enarbolas, que no eres lo que contigo acontece, ni el "viento" de emociones que te mece. Pero Eres Aquello que, eternamente maravillado, atestigua y goza el acompasado y amoroso "flap, flap" de tu existencia.

Imagina ahora que conocer tal gozo... Es el propósito de tu presencia.

Todos los días son Domingo.

domingo, 7 de octubre de 2012

Dicha

He sido tan feliz...tantas veces en mi vida.
He olido, gustado, sentido, visto, disfrutado tanto, tantas veces.
A veces parece que lo olvido, cuando me olvido de mi. Pero, ¿sabes? (y es importante comprenderlo) sólo parece que lo olvido. Cabalgo sobre mi mente casi todo el tiempo, ocupado en aquello que imagino, más de pronto, llego al silencio... y re descubro entonces esta dicha, esta sensación de cristalina alegría que siempre me inunda.
Percibir (me) es vivir, percibir (me) es Ser. La luz, el viento...el silencio. Entonces Amo. Amo Ser, estar, sentir, existir.

Te diré un secreto q recién he descubierto
...llevo una sonrisa bordada en mi corazón.

Namasté.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Inocencia



Escribí esta historia celebrando toda la alegría que mi hija política trajo a mi vida.


Compartir y descubrir el mundo a su lado fue siempre grandioso.

Espero disfrutes esta pequeña enseñanza... yo siempre la disfruté.

*

    Había una vez un mundo en el que todo existía y en el que nada faltaba.
Existían ahí la tele y los coches, el teléfono y el cine, los libros y las cartas, existían los aviones y las computadoras, los árboles y las montañas, los juguetes y las máquinas, los edificios y los paisajes, además de aves e inmensos mares.
Como en cualquier mundo en el que todo existía, había épocas en las que llovía mucho y épocas en las que hacía calorcito y aparecía el sol. Épocas en las que, presurosos, corrían por el cielo grises nubarrones cargados de granizo y también, épocas en las que grandes y hermosas nubes blancas se paseaban tranquilas por lo alto.
En éste mundo, en el que nada faltaba, vivía una infinidad de extraños y hermosos animales. Elefantes de color de rosa, alargadas serpientes dispuestas siempre a subir escaleras, enormes ballenas de cuadriculadas pieles, pájaros con plumas (y bolígrafos) de marcas famosas y osos de la mejor felpa. También vivían gatos que gustaban de platicar con los ratones y perros de todos sabores, ¡Sí! Había perros de chocolate y de vainilla y claro, hasta había perros salchicha.
En un mundo así, vivían también personas de muchos colores. Gente color naranja y gente del color de las uvas, niños y niñas que eran café con leche y otras que tenían el pelo y la piel toda roja. Era un mundo en el que habitaban, lado a lado, personas amorosas y amigables y personas frías y distantes. Había, además, personas que creían que todo estaba estudiado y explicado y otras que, por el contrario, pensaban que aun quedaba mucho por descubrir.


En medio de éste mundo tan completo vivía un hombre.
Era un hombre no muy bajo, ni muy alto, sino más bien mediano. Tenía la piel tan oscura como el chocolate, aunque no era (hay que decirlo) tan sabroso como un m&m.
No era muy, muy bueno, pero tampoco era muy, muy malo. Era más bien como un hombre común.
Este hombre sabía que vivía en un mundo en el que todo existía y en el que nada faltaba. Sin embargo, saber eso no lo hacía muy feliz pues sentía (en el fondo de su alma) que incluso en un mundo así, algo faltaba. No podía decir con exactitud qué era lo que podía faltar pero, muy a su pesar, eso sentía. Claro que tenía amigos y un bonito trabajo (era un arquitecto de renombre), además de un perro que se llamaba Firulais y que sabía a helado de fresa. Poseía, en las afueras de la ciudad, una hermosa casita desde donde se divisaban los maravillosos atardeceres de aquella comarca (desde sus ventanas, por ejemplo, se podían contemplar las nevadas cumbres que rodeaban al valle en el que la ciudad se asentaba). Era también cierto que disfrutaba mucho el abrir las puertas  para dejar correr al viento fresco por su sala ó, a mitad de un aguacero, acomodarse en un sillón a mirar caer la lluvia. Sin embargo, aún con todo eso, había días en los que de todas formas sentía que algo faltaba. Era por eso (quizás) que tenía siempre un aspecto curiosamente triste y una facha un tanto ¿?... sope. Lucía (duro es reconocerlo) como alguien que nunca terminara de sentirse a gusto.
Aunque todos los días se sentía un poquito así, era los sábados cuando peor se ponía, sobre todo tras regresar del centro, luego de hacer las compras de la semana. En días así ni siquiera Firulais, apetitoso como era, lograba alejar de su alma a doña tristeza.


Un sábado de esos, despejado pero frío y ventoso, jugueteaban en el jardín el hombre y su perro (un tanto a la desgana según le parecía al rosado animal) cuando, por la verja de entrada, apareció una niñita.
Se trataba de una delgada y bonita chamaca de unos diez años, vestida con una blusa azul y roja (bastante empapada) que hacía juego con unos shorts rojos (también bastante empapados). En realidad toda ella, desde las coletas en el pelo, a ambos lados de su pícara carilla, hasta sus zapatillas de mil colores, lucía perfecta y completamente empapada. La noche anterior había caído una fuerte tormenta y ya podía uno imaginar la razón de aquella tan acuosa pinta. Era seguro que la niña había pasado la mañana saltando entre los charcos que el tifón dejara a su paso. Por un momento el hombre creyó que la espigada aparición, luego de inspeccionarlos, pasaría de largo camino de alguna diligencia. Sin embargo, goteando y sonriendo, la pequeña penetró en el jardín hasta donde se hallaban el hombre de cara triste y su perro y, al tiempo que saltaba sobre un último charco, les saludó- ¡Hola crayolas!, ¿Cómo están?- para luego agregar- ¿Ya vieron que padrisisísimos están los charcos?

El hombre de cara triste se le quedó mirando intrigado, nunca, que él recordara, había pensado que los charcos fueran algo más que charcos. 
-¿Por qué padrísimos?- le preguntó. 
-¿No lo sabes?- Replico la pequeña en tono de duda mientras arqueaba mucho las cejas. 
-Son sólo charcos, ¿no?- fue la respuesta del hombre triste.
La niña le miró con extrañeza mientras apoyaba las manitas sobre sus caderas.
Pobre, - pensó para sí-, alguien tendría que explicarle... y a su edad. O tal vez sea por eso mismo- siguió razonando.
Parsimoniosamente se acercó hasta dónde estaba Firulais y, acariciando la cabeza del suculento perro, le dijo- Tu amo no es muy listo ¿verdad? 
Firulais, que además de sabroso era un buen perro, meneó alegremente la cola como diciendo que sabía que no, que no lo era, pero que de todas formas lo quería.
La niña le tendió entonces la mano al hombre triste y le dijo con sabiduría- Ven, déjame explicarte porque los charcos son padrisisísimos.
El hombre triste lo pensó un poco y al fin, aceptó la manita que se le ofrecía.
Sin soltarlo, la pequeña condujo al hombre triste hasta un gran charco de agua cristalina y, antes de que el pobre diablo comprendiera su propia ingenuidad... ¡saltó con entusiasmo hasta el centro mismo de la pequeña laguna!
Miles de gotas salpicaron por todos lados bañando por entero a la pequeña, al perro y al desprevenido hombre.
Pobre infeliz. Un gélido suspiro de asombro se atoró en su garganta y, paralizado, sólo atinó a contemplar, con absoluta incredulidad, a la atrevida mocosa.
¡Pero qué demonios…!- fue todo lo que logró decir.
La cara de la pequeña era una gran sonrisa. De sus hermosas piernas escurrían ríos de agua y todo su ser resplandecía con los reflejos que el sol creaba al tocar su piel. Su actitud, sin embargo, no era en absoluto burlona. Era, más bien, una manifestación casi mágica de auténtica alegría que, procediendo del mismo fondo de su ser, parecía agradecer a Dios el que la hubiera hecho a ella, a la lluvia, a los charcos y a todas las cosas.

Por un momento el hombre triste no supo qué hacer, escurriendo agua por todos lados sólo podía debatirse entre lanzarse sobre la atrevida escuincla…o huir de ella, pues ahora le parecía peligrosa.
Sin embargo, la ingenua e inocente sonrisa de la bonita niña le hizo darse cuenta de que ella no trataba de burlarse de él, sino que sólo había querido explicarle el misterio de los charcos.
En ese momento, a mitad de un suspiro, algo parecido a un recuerdo llegó desde la (un tanto húmeda) conciencia del hombre triste. Una extraña y (casi) olvidada sensación de libertad, de aventura y de limpia felicidad se elevó contundente desde el fondo del corazón (como sí una estrella estuviera intentando refulgir desde las profundidades de su taciturna mismidad). Una sonrisa de asombro (y de cristalina comprensión), comenzó entonces a dibujarse en su ya no tan atónito rostro.
El hombre miró hacia la pequeña desde unos novísimos ojos y de pronto, para el absoluto asombro de Firulais, saltó al centro del charco mientras gritaba a todo pulmón - ¡Yajuuu!   
¡SPLASH! Tronó el agua.
El hombre quedó parado junto a la niñita, empapado y sonriendo como un loco. 
El cremoso perro, no queriendo perderse tan animada fiesta, hizo lo propio y otra vez... ¡SPLASHH!
La pequeña niña aplaudió con entusiasmo ese tan sencillo y grandioso despertar y de puro contenta volvió a saltar sobre sus pies una y mil veces.
El hombre agradeció el gesto quitándose un imaginario sombrero al tiempo que hacía una caballeresca reverencia.


Abandonando la propiedad, pasaron el resto del día brincando de aquí para allá, buscando los charcos más profundos. Uno mojaba al otro, el otro mojaba al perro, el perro mojaba a todos. Se lanzaban chubascadas con los pies. Se detenían en el centro de los charcos y (con el agua arriba de los tobillos) cantaban- Oh solee mío, oh solee mío. Resbalaban en la tierra lodosa y ¡ups!, Las asentaderas empapadas. Luchaban de mentirillas y de nuevo ¡ups!, el cuerpo, las manos y la cara como sopa de frijoles. Se arrojaban tortas de barro y después se peinaban con hermosos peinados franceses.
Camuflajeados como indios (ó al menos creyendo que así lo harían los indios), cubiertos de barro de pies a cabeza, de bruces sobre los lodazales, oteaban por sobre sus cabezas en busca de inciertos alguaciles, en espera de sus asechanzas. Paseaban por campos y sembrados contando burradas y tonterías, festejando  juntos a la más disparatada y tonta.
Por fin, cansados pero felices, al final de la tarde regresaron a la entrada de la casa, sus zapatos haciendo ruiditos- squisss, squasss.
El hombre, que más que hombre parecía ahora un alegre bacalao, miró a la niñita con placer y con infinito agradecimiento. Ella le devolvió la mirada y le dijo con una sonrisa cómplice- Ya me voy, tengo que regresar a mi casa antes de que obscurezca, sino, mi mamá me mata. 
¿De veras?- preguntó muy serio el hombre bacalao. 
La bonita niña alzó los ojos al cielo como pidiendo paciencia y le dijo a Firulais- En verdad tu buen amo no es muy listo- y agregó- pero es divertido. 
Dicho lo cual salió corriendo rumbo a su casa. El bacalao la detuvo, sin embargo, con un grito- ¡Hey, espera!, Todavía no sé cómo te llamas.
La bonita niña de blusa azul y roja con shorts haciendo juego se detuvo sobre sus esbeltísimas piernas y volviéndose apenas, le dijo- Inocencia, me llamo Inocencia. Entonces se fue.

El bacalao (que ya nunca volvería a parecer un hombre triste) se quedó mirando un rato hacia el lugar por donde se había ido la pequeña. Se quedó pensando en ella, en Dios y en lo afortunado que era él por haber nacido en un mundo en el que todo existía y en el que nada faltaba.

FIN.