miércoles, 19 de septiembre de 2012

Inocencia



Escribí esta historia celebrando toda la alegría que mi hija política trajo a mi vida.


Compartir y descubrir el mundo a su lado fue siempre grandioso.

Espero disfrutes esta pequeña enseñanza... yo siempre la disfruté.

*

    Había una vez un mundo en el que todo existía y en el que nada faltaba.
Existían ahí la tele y los coches, el teléfono y el cine, los libros y las cartas, existían los aviones y las computadoras, los árboles y las montañas, los juguetes y las máquinas, los edificios y los paisajes, además de aves e inmensos mares.
Como en cualquier mundo en el que todo existía, había épocas en las que llovía mucho y épocas en las que hacía calorcito y aparecía el sol. Épocas en las que, presurosos, corrían por el cielo grises nubarrones cargados de granizo y también, épocas en las que grandes y hermosas nubes blancas se paseaban tranquilas por lo alto.
En éste mundo, en el que nada faltaba, vivía una infinidad de extraños y hermosos animales. Elefantes de color de rosa, alargadas serpientes dispuestas siempre a subir escaleras, enormes ballenas de cuadriculadas pieles, pájaros con plumas (y bolígrafos) de marcas famosas y osos de la mejor felpa. También vivían gatos que gustaban de platicar con los ratones y perros de todos sabores, ¡Sí! Había perros de chocolate y de vainilla y claro, hasta había perros salchicha.
En un mundo así, vivían también personas de muchos colores. Gente color naranja y gente del color de las uvas, niños y niñas que eran café con leche y otras que tenían el pelo y la piel toda roja. Era un mundo en el que habitaban, lado a lado, personas amorosas y amigables y personas frías y distantes. Había, además, personas que creían que todo estaba estudiado y explicado y otras que, por el contrario, pensaban que aun quedaba mucho por descubrir.


En medio de éste mundo tan completo vivía un hombre.
Era un hombre no muy bajo, ni muy alto, sino más bien mediano. Tenía la piel tan oscura como el chocolate, aunque no era (hay que decirlo) tan sabroso como un m&m.
No era muy, muy bueno, pero tampoco era muy, muy malo. Era más bien como un hombre común.
Este hombre sabía que vivía en un mundo en el que todo existía y en el que nada faltaba. Sin embargo, saber eso no lo hacía muy feliz pues sentía (en el fondo de su alma) que incluso en un mundo así, algo faltaba. No podía decir con exactitud qué era lo que podía faltar pero, muy a su pesar, eso sentía. Claro que tenía amigos y un bonito trabajo (era un arquitecto de renombre), además de un perro que se llamaba Firulais y que sabía a helado de fresa. Poseía, en las afueras de la ciudad, una hermosa casita desde donde se divisaban los maravillosos atardeceres de aquella comarca (desde sus ventanas, por ejemplo, se podían contemplar las nevadas cumbres que rodeaban al valle en el que la ciudad se asentaba). Era también cierto que disfrutaba mucho el abrir las puertas  para dejar correr al viento fresco por su sala ó, a mitad de un aguacero, acomodarse en un sillón a mirar caer la lluvia. Sin embargo, aún con todo eso, había días en los que de todas formas sentía que algo faltaba. Era por eso (quizás) que tenía siempre un aspecto curiosamente triste y una facha un tanto ¿?... sope. Lucía (duro es reconocerlo) como alguien que nunca terminara de sentirse a gusto.
Aunque todos los días se sentía un poquito así, era los sábados cuando peor se ponía, sobre todo tras regresar del centro, luego de hacer las compras de la semana. En días así ni siquiera Firulais, apetitoso como era, lograba alejar de su alma a doña tristeza.


Un sábado de esos, despejado pero frío y ventoso, jugueteaban en el jardín el hombre y su perro (un tanto a la desgana según le parecía al rosado animal) cuando, por la verja de entrada, apareció una niñita.
Se trataba de una delgada y bonita chamaca de unos diez años, vestida con una blusa azul y roja (bastante empapada) que hacía juego con unos shorts rojos (también bastante empapados). En realidad toda ella, desde las coletas en el pelo, a ambos lados de su pícara carilla, hasta sus zapatillas de mil colores, lucía perfecta y completamente empapada. La noche anterior había caído una fuerte tormenta y ya podía uno imaginar la razón de aquella tan acuosa pinta. Era seguro que la niña había pasado la mañana saltando entre los charcos que el tifón dejara a su paso. Por un momento el hombre creyó que la espigada aparición, luego de inspeccionarlos, pasaría de largo camino de alguna diligencia. Sin embargo, goteando y sonriendo, la pequeña penetró en el jardín hasta donde se hallaban el hombre de cara triste y su perro y, al tiempo que saltaba sobre un último charco, les saludó- ¡Hola crayolas!, ¿Cómo están?- para luego agregar- ¿Ya vieron que padrisisísimos están los charcos?

El hombre de cara triste se le quedó mirando intrigado, nunca, que él recordara, había pensado que los charcos fueran algo más que charcos. 
-¿Por qué padrísimos?- le preguntó. 
-¿No lo sabes?- Replico la pequeña en tono de duda mientras arqueaba mucho las cejas. 
-Son sólo charcos, ¿no?- fue la respuesta del hombre triste.
La niña le miró con extrañeza mientras apoyaba las manitas sobre sus caderas.
Pobre, - pensó para sí-, alguien tendría que explicarle... y a su edad. O tal vez sea por eso mismo- siguió razonando.
Parsimoniosamente se acercó hasta dónde estaba Firulais y, acariciando la cabeza del suculento perro, le dijo- Tu amo no es muy listo ¿verdad? 
Firulais, que además de sabroso era un buen perro, meneó alegremente la cola como diciendo que sabía que no, que no lo era, pero que de todas formas lo quería.
La niña le tendió entonces la mano al hombre triste y le dijo con sabiduría- Ven, déjame explicarte porque los charcos son padrisisísimos.
El hombre triste lo pensó un poco y al fin, aceptó la manita que se le ofrecía.
Sin soltarlo, la pequeña condujo al hombre triste hasta un gran charco de agua cristalina y, antes de que el pobre diablo comprendiera su propia ingenuidad... ¡saltó con entusiasmo hasta el centro mismo de la pequeña laguna!
Miles de gotas salpicaron por todos lados bañando por entero a la pequeña, al perro y al desprevenido hombre.
Pobre infeliz. Un gélido suspiro de asombro se atoró en su garganta y, paralizado, sólo atinó a contemplar, con absoluta incredulidad, a la atrevida mocosa.
¡Pero qué demonios…!- fue todo lo que logró decir.
La cara de la pequeña era una gran sonrisa. De sus hermosas piernas escurrían ríos de agua y todo su ser resplandecía con los reflejos que el sol creaba al tocar su piel. Su actitud, sin embargo, no era en absoluto burlona. Era, más bien, una manifestación casi mágica de auténtica alegría que, procediendo del mismo fondo de su ser, parecía agradecer a Dios el que la hubiera hecho a ella, a la lluvia, a los charcos y a todas las cosas.

Por un momento el hombre triste no supo qué hacer, escurriendo agua por todos lados sólo podía debatirse entre lanzarse sobre la atrevida escuincla…o huir de ella, pues ahora le parecía peligrosa.
Sin embargo, la ingenua e inocente sonrisa de la bonita niña le hizo darse cuenta de que ella no trataba de burlarse de él, sino que sólo había querido explicarle el misterio de los charcos.
En ese momento, a mitad de un suspiro, algo parecido a un recuerdo llegó desde la (un tanto húmeda) conciencia del hombre triste. Una extraña y (casi) olvidada sensación de libertad, de aventura y de limpia felicidad se elevó contundente desde el fondo del corazón (como sí una estrella estuviera intentando refulgir desde las profundidades de su taciturna mismidad). Una sonrisa de asombro (y de cristalina comprensión), comenzó entonces a dibujarse en su ya no tan atónito rostro.
El hombre miró hacia la pequeña desde unos novísimos ojos y de pronto, para el absoluto asombro de Firulais, saltó al centro del charco mientras gritaba a todo pulmón - ¡Yajuuu!   
¡SPLASH! Tronó el agua.
El hombre quedó parado junto a la niñita, empapado y sonriendo como un loco. 
El cremoso perro, no queriendo perderse tan animada fiesta, hizo lo propio y otra vez... ¡SPLASHH!
La pequeña niña aplaudió con entusiasmo ese tan sencillo y grandioso despertar y de puro contenta volvió a saltar sobre sus pies una y mil veces.
El hombre agradeció el gesto quitándose un imaginario sombrero al tiempo que hacía una caballeresca reverencia.


Abandonando la propiedad, pasaron el resto del día brincando de aquí para allá, buscando los charcos más profundos. Uno mojaba al otro, el otro mojaba al perro, el perro mojaba a todos. Se lanzaban chubascadas con los pies. Se detenían en el centro de los charcos y (con el agua arriba de los tobillos) cantaban- Oh solee mío, oh solee mío. Resbalaban en la tierra lodosa y ¡ups!, Las asentaderas empapadas. Luchaban de mentirillas y de nuevo ¡ups!, el cuerpo, las manos y la cara como sopa de frijoles. Se arrojaban tortas de barro y después se peinaban con hermosos peinados franceses.
Camuflajeados como indios (ó al menos creyendo que así lo harían los indios), cubiertos de barro de pies a cabeza, de bruces sobre los lodazales, oteaban por sobre sus cabezas en busca de inciertos alguaciles, en espera de sus asechanzas. Paseaban por campos y sembrados contando burradas y tonterías, festejando  juntos a la más disparatada y tonta.
Por fin, cansados pero felices, al final de la tarde regresaron a la entrada de la casa, sus zapatos haciendo ruiditos- squisss, squasss.
El hombre, que más que hombre parecía ahora un alegre bacalao, miró a la niñita con placer y con infinito agradecimiento. Ella le devolvió la mirada y le dijo con una sonrisa cómplice- Ya me voy, tengo que regresar a mi casa antes de que obscurezca, sino, mi mamá me mata. 
¿De veras?- preguntó muy serio el hombre bacalao. 
La bonita niña alzó los ojos al cielo como pidiendo paciencia y le dijo a Firulais- En verdad tu buen amo no es muy listo- y agregó- pero es divertido. 
Dicho lo cual salió corriendo rumbo a su casa. El bacalao la detuvo, sin embargo, con un grito- ¡Hey, espera!, Todavía no sé cómo te llamas.
La bonita niña de blusa azul y roja con shorts haciendo juego se detuvo sobre sus esbeltísimas piernas y volviéndose apenas, le dijo- Inocencia, me llamo Inocencia. Entonces se fue.

El bacalao (que ya nunca volvería a parecer un hombre triste) se quedó mirando un rato hacia el lugar por donde se había ido la pequeña. Se quedó pensando en ella, en Dios y en lo afortunado que era él por haber nacido en un mundo en el que todo existía y en el que nada faltaba.

FIN.


lunes, 17 de septiembre de 2012

Fantasía


Sueño dentro de un sueño
Sueño que pienso
Sueño que soy
Sueño mi sueño...

Mi pequeña identidad de fantasía.

De miedo que me atenaza el vientre
De viento frío como de muerte
De mis creencias, de mis valores
Sufre mi sueño...

Mi pequeña identidad de fantasía

Soy esto un día me dije
Una opinión, una idea
De aquí hasta acá
De límites pintando la ilusión...

Tic, tac, tic, tac...

Mi pequeña identidad de Fantasía. 

...y de pronto soy Canto

Inmerso en el silencio de tu corazón quizás puedas escucharte
...cantando tu alabanza eterna a Dios.


El sueño como una estela
Lo es de canto... y de Alabanza
Todo canta
Yo canto
Mi canto Es
Y mi canto crea.

Canto mío
Soy la canción
y...

¡Oh Dios!

Me canto a mí.

Todos los días son Domingo.

De un vaivén de olas...

 Como aquel colorido estandarte que desde la punta del asta ondea a la caricia del viento, es en sensible experiencia, la estremecida Consciencia agitada.

Vaivén de sentir, de percibir, de Ser.
Ni viento, ni bandera, ni asta... pero todo a un tiempo.

En ocasiones que sólo soy eso que desde más allá del tiempo atestigua este juego de mi experiencia humana.
En ocasiones se que sólo soy eso, un eterno, rítmico y sensual susurro de Amor que irradiase... Por Sobre Todas Las Cosas.

Como eso que mueve a una marejada... como un vaivén de olas.

Todos los días son Domingo.