miércoles, 30 de marzo de 2016

Otra del baúl de los recuerdos

Amor.

Iniciaba el verano del 77, terminaban por fin las clases.

Hacía calor y yo, con mis libros bajo el brazo y dirigiéndome a casa, saboreaba mi recién conseguida libertad.

En cuanto llegue a casa- pensaba- me regalaré una enorme "Coca Cola", nada más para celebrar.

La vida era maravillosa, tenía mi bici, mis amigos, unas largas vacaciones por delante y sobre todo... Tenía a Mónica.

¡Por Dios, Cómo la amaba! La piel se me ponía fría cada vez que pensaba en ella. Contaba tan sólo 13 años pero yo la amaba igualmente. Además yo tenía 15. No está mal- me decía- no está nada mal. Es más, está requetebién.
Con un silbido juguetón naciendo entre mis labios corrí para alcanzar al autobús que me conduciría al hogar.




Ir por las tortillas, ayudar en la mesa para sentarnos todos a comer, saborear mi deliciosa coca cola y acarrear mis libros hasta el estante (que los guardaría por una larga temporada) consumió la mayor parte del tiempo desde mi llegada y hasta aproximadamente las cuatro treinta de la tarde.

Alrededor de las cinco, sentado en el dintel de mi ventana, en el cuarto piso del edificio en el que vivía con mi familia, observaba, con detenimiento y atención a los autos que llegaban. Mónica asistía a un medio internado y regresaba del mismo a esa hora. Yo, un hombre fiel, me sentaba ahí todas las tardes para verla llegar.

Es tonto- me decía en ocasiones- es tonto estar aquí. Todo el mundo sabe que espero por ella y todos saben que tan pronto llegue, bajará del auto, echará una discreta mirada a mi edificio, me verá ahí (puntual como siempre), se meterá al suyo y... ahí me quedaré yo, perplejo y enamorado, esperando por el día siguiente.


Si, todos lo sabían, Dios y el mundo entero sabían que yo estaba perdido por una niña que no me pelaba. Era un sueño, un tonto sueño, un exquisito sueño de muchacho, un fabuloso, cursi, maravilloso y desventurado sueño. ¡Yo lo sabía! Y pese a eso, o tal vez por eso mismo, esperaba.

¡Qué más té queda!- decía para mí mismo- qué más sino esperar. La amas como jamás habrías imaginado, como quizás no vuelvas a hacerlo.

Qué más si de solo contemplarla el corazón se te escurre del pecho y tu alma toda se inflama de placer.

¡Y ahí llegaba!, El conocido ronroneo del auto de su padre interrumpiendo mis pensamientos.

El pequeño Datsun azul se detuvo frente al edificio seis y de su interior salió el señor Ramírez (el también sabía). Me dirigió una mirada amigable aunque condescendiente, una mirada que decía- En verdad te gusta ¿No? Y acto seguido se perdió en el interior del inmueble.

Ella salió del auto entonces.


Con su uniforme del "Héroes" Mónica era, ni más ni menos, la mujer más hermosa del universo... y punto. Pelo negro, apretado en cola de caballo, ojos tan grandes y profundos como pozos, esbeltas, hermosas, bellísimas piernas enfundadas en calcetas, tenue cuerpo, cubierto en poderoso gris escolar a la rodilla. ¡Ah por los hombres enamorados!

Dulce reina que descendía de su carruaje.

Así que tal y como yo esperaba, ella bajó del auto, alzó la mirada y...

¡Se sonrió conmigo!

El mundo osciló peligrosamente a mí alrededor (recuerda que vivía en un cuarto piso) y un delicioso vértigo se apodero de todo mi ser.


No era algo tan fuera de lo común, ella algunas veces lo hacía, solo que siempre que ocurría padecía yo la misma reacción. Todo yo me sentía morir y renacer a un tiempo y la existencia se llenaba de las más tiernas notas de bendito, claro y puro amor.

¡Y claro que ella era perversa! Era un verdadero vendaval de fatalidad.

13 años de tierna femineidad apuntando su arsenal pesado al infeliz y loco niño que empequeñecía a ojos vistas debía ser un espectáculo la mar de divertido ¿No?

Aún ahora, al relatarte esta historia, puedo sentir la frágil mansedumbre de aquel niño que intuía lo inmenso y lo pequeño de la existencia. Lo grandioso al lado de lo bizarro, lo sublime a la par de lo mundano.

Mónica bien que sabía de que pie yo cojeaba.

Sus discretas y coquetas miradas a mi edificio eran regalo y pesadilla, gloria e infierno. En varias ocasiones, a lo largo de los años, cuando, descansando frente al televisor o  contemplando el atardecer al final de la jornada, me he perdido en los recuerdos de esos tiempos me he preguntado ¿Qué habrá significado para ella mi presencia en esa elevada ventana?

Puedo asegurar que para mí, aquellas tardes de fidelidad desde el ventanal fueron terribles, dolorosas y fantásticas hasta el límite de mi entendimiento. Esa niña vivió en el centro de mi corazón por mucho, muchísimo tiempo y creo ser honesto si afirmo que fue ella la primer mujer que me obligó a tomar conciencia de lo profundos que pueden ser unos ojos.

Hubo mucho más que sólo esas tardes desde el dintel (aunque nada demasiado tórrido me temo), pero creo que eso fue lo más esencial, lo más preciso y puro que puedo referir.

Ella sé sonrió conmigo (como algunas otras veces), levantó apenas su mano en breve saludo y desapareció tras de su padre en el interior de su edificio.

¡Hasta mañana hermosa, hasta mañana!



¿Qué más puedo decir?

No hubo encuentro final de entrega ni beso apasionado.

Aquel verano fue, de muchas maneras, El Verano. Para cuando julio se convirtió en agosto había yo ya tenido muchas ocasiones para depositar mis lujuriosas e ingenuas miradas sobre aquella piel morena. Lenta, pero inexorablemente, mi amada se transformaba en mujer. Cual pequeños capullos, sus tiernos senos comenzaban a llenar el vacío espacio que protegieran sus leves blusas playeras.

Jugando "encantados" o "escondidas" pude tener (y contener) mi cuerpo frío junto a su ardiente pubertad y disfruté de su cháchara ligera al tiempo que sondeaba los abismos de esos negros ojos. En cierta ocasión incluso pudimos estar a solas, sin la barrunta descompasada de nuestros adolescentes amigos. De aquel glorioso día podría escribir toda una oda a la vida. Una tarde entera para fantasear con nuestra fuga (Claro, todo esto en la intimidad de mi mente), con la choza que nos guardaría, con los atardeceres frente al mar y con las locas noches de piel y piel y piel que gozaríamos uno al lado del otro. ¡Cielos, que días aquellos!


En fin, que aquel verano fui lanzado al mundo de los jóvenes en la catapulta del amor que sentía por ella, por Mónica. Verano aquel que, como todo, llegó a su fin. Verano que el hemisferío norte cedió al otoño majestuoso de nuestras latitudes. Verano que jamás olvido.

Tiempo de mi juventud que me llevó (con sus nuevos libros) hasta el portal de la academia poderosa de la escuela preparatoria.

Pero divago.
Aquel período pues, llegó a su fin. Hubo después algunas vacaciones más. Fuimos amigos y yo pude contemplar de cerca aquellos ojos, aquel dulce rostro y aquel breve y poderoso cuerpo de niña mujer que, al tiempo, se fue llenando de promesas y misterios. Así ocurrió, hasta que llegó aquel otro verano en que mi amada se escapó con su familia en busca de otras promesas del mundo. El pequeño niño hombre que era yo no lloró con lagrimas aquel adiós, pero su corazón, infantil y eterno, sí.

Llegaron otras mujeres, llegaron otros quehaceres, me convertí en adulto y tal vez hasta aprendí algunos trucos pero, es importante decirlo, de alguna forma quedó mi corazón aguardando el que alguna de esas tardes de aquel lejano verano el dulce néctar de esa boca se derramara en mis labios.

Quedó el recuerdo.

Quedo en mi alma, en mis sueños y en las líneas del poema que escribí un par de años después del último encuentro con mi pequeña amiga, con mi pequeño amor.





***





“Cuando ayer abrazé tu alma en mi corazón soñé que eso era amar. Más luego de tu partida, ya lejos de ti y del calor que tu belleza irradia, entendí que aquello que los poetas perciben en las rosas es más que sólo su descomunal belleza. Cuando continué por la vida sin tu luz comprendí que no es sólo su hermosura lo que hace a las rosas tan perfectas. Comprendí que son eternas gracias a ese tenue, exquisito aroma que, cual benigna niebla, todo cubre y de fresca dicha todo impregna.

Ahora, cuando ya te has ido, sé que amarte no era verte y adorarte. Ahora que no hay sino sombras, sé que amarte a ti era amar al mundo, sé que amarte a ti era amarme, porque de tu aroma hermoso mi existencia toda tú llenaste.”

Doquiera te encuentres.

Que la vida te haya obsequiado alegría

y que tus penas sean de esas que siempre se pueden soportar.







Luis Miguel Manzo

México D.F. 1982

Directo del baúl de los recuerdos

Mística sangre.



Despacio, en la penumbra, a la luz difusa que se filtra desde la ventana, mis ojos te buscan. Eres una sombra apenas percibida, casi adivinada. Erguida junto al lecho esperas, sensualidad que se transforma en celo. Me aproximo sigiloso, conteniendo apenas el miedo portentoso del deseo. Nada, ni un destello, tan solo el sublime dejo de tu almizclado aroma. Callado, casi estupefacto, busco con mis labios la leve curvatura de tu cuello, principio gracioso de un camino que ya encuentro. Un suspiro, un gemido; Al medroso toque de mis manos surges mujer, contundente. Choque eléctrico que se dispara al firmamento.

Antes estática, te vuelves fuerza. Tiras de mí y me empujas a tu lecho.
Eres mi fuete, mi cayado, soy tu esclavo, tu tortura. Fuiste un sueño y eres vida.
Afuera el mundo queda y sólo las estrellas, codiciosas, son testigos del amor que me domina.
Ansiosas por tocarte, mis manos invaden tus fronteras, seguras en tu cuerpo, en tus formas.
Eres meseta y valle, eres senderos y mágicos lugares, cálida criatura del deseo que enciende fuegos y desencadena tempestades.
Soy labriego de mis sueños, tú eres llama que incinera voluntades.
Sangre, alma, cuerpos, vida. No abandones, no me niegues, vengo a ti, en busca de tu herida.
¡Cómo fingir que soy amo! Sí autoritaria arrebatas, con tu boca, hasta el último vestigio de mi compostura.

Exigente (yo perdido), aprisionas mi existencia en derredor de tu talle y me convierto en juguete, en hoja soltada al viento, en lágrima estremecida.
Eres tan todo, tan pequeña, tan divina.
Encalla mi cuerpo en ti y tu rostro se transforma, eres ahora imagen, trazo desdibujado del éxtasis compartido.
Arrebatado semblante, marco de graves gemidos, de una diosa que ha caído, convulsa su piel ardiente, en manos del enemigo.
Te estremeces y me aprietas. Ahora yo soy el dueño, tú el baluarte conquistado de un guerrero enardecido.
Y ahora comienza mi viaje. ¡Oh, mi amor! ¿En qué me has convertido? Soy la orilla de un misterio, inenarrable tormento que adivino en tus entrañas.
Mi corazón se desboca y entonces me desvanezco, no soy más yo, no soy más mío.
Vamos volando juntos, trascendiendo la incongruencia de pensarnos mismidades. Arriba, arriba, dejando de ser certezas, somos eternidades.

¡Oh Mujer, por fin lo he comprendido! Unida la carne no es una, unida a tu centro no es carne. Es amor, es fuente, es extraña subyasencia de universos infinitos. Es concebir, más allá de la conciencia, que juntos somos El Cielo, por acto de Dios en materia, en mística sangre vertido.


***



Luis M. Manzo

México D.F. 1992