jueves, 1 de noviembre de 2012

Las Piedras



Forcejeando con las abatidas velas la mujer no lograba sino empeorar su situación.
Desgarradas y maltrechas, aquellas largas mantas amenazaban con rendir el bote al poderoso ataque del vendaval. La tormenta (que aparentemente había salido de la nada) se abalanzaba furiosa sobre la frágil barca y la mujer, pese a su enorme determinación, nada podía frente a tan abrumador adversario. Ella, la pequeña embarcación y sus preciadas piedras, terminarían sin remedio en el fondo del mar.  A menos que ocurriera algo... y pronto.
Preocupada, soportando dolorida las correas de los desgarrados lienzos, la mujer, de negro y  revuelto cabello, imploraba, entre mal contenidos sollozos, por un milagro del cielo. Otra barca, divisando su desgracia y acudiendo al rescate; un brusco cambio en la dirección del viento, alejando la tormenta de aquella región; ¡Un ángel descendiendo de los cielos para conducirla a puerto! Preciosas, consoladoras,e inútiles visiones que no se materializarían nunca.
Ella estaba perdida... y lo sabía.
Había pasado toda la mañana (y aun parte de la tarde) recolectando aquellas deslumbrantes piedras. Eran, a sus ojos,  perfectas, e increíblemente hermosas.
Hermosas y pesadas- le había susurrado una voz en su interior.
Pesadas, sí - había rebatido altanera - ¡Pero cuán valiosas! 
Había batallado mucho por aquellas piedras y las tendría. 
Eso no tenía nada de malo. 
Se trataba de arriesgarse un poco y acarrearse las más posibles. ¿Cierto?
Y ahora las desgraciadas harían zozobrar a la barquilla. 
Condenadas piedras.
¡Ha, pero iban a ser la envidia de todas en el pueblo! 

*

Era una tradición ancestral.
Construir torreones con aquel tipo de piedras (a la medianoche del día de la clausura del carnaval) en el frente de la casa familiar tenía su magia. Aunque ya nadie lo recordara con certeza, se decía que antes, en el pasado, aquellos monumentos habían servido para ahuyentar a  las ánimas y los espíritus chocarreros.
En la actualidad, y año tras año, las mujeres, siguiendo esa antigua tradición, continuaban acumulando las pétreas ofrendas en sus jardines. Los torreones, según decían, atraían salud, amor y dinero (muy buen dinero sí tu torre era alta) a sus constructoras.
Aquella mañana, y luego de despedir a su marido en la cocina, Magdalena había decidido acercarse hasta el fiordo de la bahía pues ahí, a escasos metros de profundidad y entre los arrecifes, se podían encontrar las mejores, negras, límpidas, lustrosas. Le parecía que la torre de su prima Estela superaba a la suya por hasta quizá cinco centímetros, tal vez más. 
Era demasiado. 
El carnaval terminaba mañana y…
¡Condenada tormenta!
¿Por qué tenía que haber aparecido? Aunque era un hecho que aquella voz interior también le había alertado al respecto. Era curioso, pero ahora, mientras se devanaba por encontrar una salida para tan terrible situación, mientras las primeras semillas del de miedo germinaban en torno a sus riñones, Magdalena comprendió que había escuchado esa voz muchas veces en el pasado… y que se parecía mucho, muchísimo, a la voz de su papá. 

Una poderosa ráfaga arrancó los lazos de sus manos y los empapados jirones se alejaron volando. Las olas anegaban el fondo del barquillo con alarmante rapidez y ella supo que, a menos que el milagro terminara ya de aparecer, el final se acercaba. La maldita barca ahora sí estaba fuera de control. ¡Condenada odisea!
Si el inútil de Manuel no se pasara los días fingiendo que trabajaba ella no tendría que estar ahí. Sí el pobre diablo no fuera más que eso, un pobre diablo. Sí ganara lo suficiente como para regalarle cosas lindas, como una tele gigante o una recámara nueva. Sí tan sólo fuera como Toño, el esposo de Estela, ¡Ha, entonces sí! Entonces ella no tendría que estar ahí, rogándole a quien sabe quien por un milagro. Claro que Toño había tenido suerte al conseguir aquella comisión en la cooperativa. Claro que antes de eso aquel otro bueno para nada tampoco cantaba mal las rancheras. Asnos infelices. ¡Condenados hombres!
Todo era tan condenadamente estúpido. 
No’más nacías, te secaban la leche de la boca y órale, a ayudar a tu madre en las tareas de la casa (bendita suerte de resultar niña), barriendo, limpiando, sirviendo. Luego, tras colgar en la sala tu diploma de la “prepa”, empezabas la “emocionante” tarea de encontrar marido entre los empleados de la pescadería. Y déjame decirte que nunca con mucha tela de donde cortar. Sucios y lujuriosos o lujuriosos y borrachos. ¡Cuanta variedad! Pero, de entre los más, los menos, decían antes, así que, tras elegir al que suponías te convenía, te casabas. Tenías hijos para redondear la dicha y luego (tras todos esos lujos), terminabas junto a las otras, contando chismes en la plaza… y juntando piedras. 
En aquellos momentos, mientras la marejada amenazaba con mandar todo al carajo, Magdalena se preguntó (quizás por primera vez) por la incierta sensatez que podía caber en eso de ir juntando cosas (como esas pinches piedras) a lo largo de la vida. 
Hubo un tiempo, pensó amargada, en que, cansada tras las correrías de la jornada, había soñado con algo más exótico que torreones de piedras. Un día, recordó, justo después de cumplir diez y siete, mientras sentada sobre un promontorio miraba al horizonte, había suspirado por lo que pudiera encontrarse más allá de esa lejanía. Una fresca brisa llegada desde el océano le había cantado entonces insondables letras que hablaban de plenitud y de dicha. Serenas tonadas que, arrobando su ser por completo, le habían producido extrañas y melancólicas emociones, obligándole incluso a derramar algunas lágrimas.
Se había casado con Manuel al cumplir veinte. Con Manuel, el intendente de ásperas y codiciosas manos, el de los negros y penetrantes ojos, el tosco muchacho que la hacía temblar siempre que la besaba. 
Magdalena se estremeció al darse cuenta de que su mente le estaba jugando una mala pasada. ¿De dónde salían todos aquellos tan negros pensamientos? La situación era precaria pero... ¿Tanto?  
Cual aplicado estudiante respondiendo a una cuestión sencilla, el frío tifón eligió el momento aquel  para, barriendo al barquillo por los aires, aclarar todas las dudas de la mujer respecto de su situación. 
Magdalena cayó por la borda y, mientras las piedras (que tan hermosas le habían parecido unas horas antes) la escoltaban hacia el fondo, tuvo un fugaz pero tremendo entendimiento. 
En el instante mismo en que su piel tocó el agua, se recordó a sí misma siendo niña. 
Aterrada, con las malditas piedras enrolladas entre la ropa, pasmada por el gélido abrazo de la mar embravecida, y mientras de verdad asustada luchaba por regresar a la superficie, volvió a sentir, estupefacta, aquella exuberante sensación de libertad que experimentara al corretear sobre la arena cuando apenas contaba siete años. Helada y perpleja, sintiéndose arrastrada hacia abajo por las malditas piedras, recordó, maravillada por la claridad de las imágenes, cuan gratas habían sido aquellas jornadas al lado de su padre y, al tiempo que la creciente oscuridad iba rodeándola, revivió asombrada el gigantesco amor que había sentido por aquel corpulento pescador.
El pánico, que habría querido mantener a raya, terminó entonces dominándola. Y es que, pese a todos sus intentos, no conseguía soltar el amasijo que la encadenaba a las pesadas piedras. Es increíble, -pensó- pero morirte es como revivir el pasado de una sola sentada. 
Y mientras la lucha vehemente por soltarse se transformaba en feroz batalla por el bendito aire, su mente dio otro giro y casi pudo, por un segundo, estar ahí, en la playa, junto a su papá.
Su padre, atinó a recordar, (caray, hacía tanto que no pensaba en todo aquello) gustaba de cargarla al pecho cuando el anochecer ponía fin al paseo. Arropada entonces en sus brazos regresaba a casa donde los esperaba mamá con un plato de humeante sopa. 
Magdalena siguió adentrándose en la oscuridad del agua y, justo cuando aterrada hasta la locura llegó al fondo, justo cuando absolutamente extenuada cesó de luchar, justo cuando la insensible tormenta terminó por fin de devorarla, comprendió él porque de aquellos recuerdos. Súbitamente, en medio de aquella acuosa oscuridad, lo comprendió todo. Envuelta en la fría mortaja del océano su ser voló al pasado. Atrás, atrás, al tiempo aquel, cuando todo en el mundo era grandioso. 

**

Sintiendo el viento fresco acariciando su cara, y mientras la mirada de su padre la seguía desde el promontorio, Magdalena corrió por entre los junquillos que crecían a lo largo de la orilla.
Su papá decía que algunas veces se podían rescatar tesoros ocultos de entre aquellos manojos.
Siempre dispuesto a mostrarle las maravillas del mundo, decía también que la luna amaba tanto a la bahía que, en las noches en que aquella estaba brillante y redonda, debatía con la tierra por la marítima extensión y que por eso, a veces podías ver como el agua subía y subía. Agua voladora escapando con su blanca novia hasta lograr el cielo.
Su papá era el hombre más listo del mundo.
Y ella era su princesa.
Cuando se caía o se raspaba las rodillas él sabía curarla sin dolor poniéndole gasa y apósitos como nadie. Su papá era lo máximo y ella lo adoraba. En ocasiones la tomaba en volandas haciéndola girar desenfrenadamente, o la apapachaba quedito con sus enormes y ásperas manos. Ella sabía que su padre la quería más que a nadie, sabía también que a su lado nada malo podría pasar nunca y por eso, en ocasiones, cuando en medio de sus juegos buscaba su silueta en el entorno, no podía evitar sentir, en el fondo de su ser, una extraña y poderosa sensación de apenas comprensible plenitud. De enorme, desbordante y absoluto amor.

Magdalena convulsionaba y, mientras el agua gélida del mar entraba a borbotones por su derrotada garganta, otra agua, más cálida, comenzó a salir de sus asombrados ojos.
Al tiempo que aquella ineludible oscuridad le arrebataba la vida, sus ojos ofrendaban al ciclón esta agua dulce que entibiaba el fondo oceánico. Noble, tierna agua que, saliendo de sus entrañas, purificaba la siniestra  turbulencia. Ardientes y dolorosas lágrimas surgidas del fondo de su corazón se diluyeron en la inmensidad de la salina bahía. Una vida entera de falsos espejismos se desvaneció entonces en el abismo para dar paso a aquella, la invaluable certeza de su infancia. Lagrimas de ojos niños, vindicando la plenitud de ser, de existir. Cristalina remembranza de aquella Conciencia, la de ser todo cuando nada se posee.
Magdalena comenzó a soñar, comenzó a desdibujarse. 
Podía salir volando de aquella oscuridad. Podía ir a conocer aquella lejanía de allende los mares. Podía, sí así lo quería, escuchar eternamente aquel reclamo que la brisa le acercaba desde el horizonte. Tenía sueño, mucho sueño y, después de todo, nada era sino piedras, negras y lustrosas piedras que una iba acumulando al pasar de los años. Se trataba tan sólo de soltarse y dejarse ir ¿cierto?

-Falso. 

La voz de su padre se dejó escuchar, clara y contundente, en el anegoso fondo acuático.
Son las piedras - le dijo la voz de su padre – te tienen atrapada.
Una nueva, enorme, eterna Conciencia se precipitó (desde el fondo de su corazón) por entre sus hinchadas ropas como bálsamo de agua termal. 
Su padre, aquel ser maravilloso que había muerto cuando ella tenía doce años, le hablaba en el fondo del mar. Le hablaba y le aconsejaba con su poderosa y bellísima voz.
Entonces lo vio. 
Vestido de agua.
Translúcida, pero tan contundente como el rojo coral del arrecife, su robusta figura la contemplaba desde su izquierda, un par de metros por encima, con aquella extraña y hermosa mirada de siempre. Tendiéndole su enorme y dulce mano la invitaba a seguirle hacia la superficie. Magdalena no sabía quien era ella, ni cuando estaba ocurriéndole esto. ¿Era la danzarina niña de delgadas piernas, o la solitaria joven que añoraba su cariño mucho más de lo que se atrevía a aceptar? ¿Era la casi cuarentona mujer que había perdido toda esperanza?
Pero su padre estaba ahí y eso era todo, eso era lo único importante.
Con un resabio de fuerzas salido de sabía Dios donde, la mujer se desprendió por completo de sus ropas y, mientras su papá la tomaba en brazos, obediente le cedió el control y perdió el conocimiento.

***

Mientras los rayos del sol de la mañana se asoman a los calizos fondos del arrecife, una femenina silueta dibuja su sombra sobre la arena desde una pequeña formación rocosa.
El viento juguetea con su negra y larga cabellera mientras la mujer mira hacia la extensión. Perdida en sus pensamientos no sabe que parece una amazona victoriosa. 

Había visto a su padre... había estado entre sus brazos.
Cuando recuperó la conciencia se encontró aferrada al casco del bote. Como pudo, soportó lo más duro de la tormenta hasta que, finalmente (en mitad de la noche), arribó su barca salvadora. Habían salido a buscarla. Manuel había salido a buscarla... al fiordo. Aun cuando no había anunciado sus intenciones de salir a navegar, Manuel había salido a buscarla al fiordo. – Algo, intuición tal vez, me dijo que te buscara ahí- le había dicho. 
Temblorosa y exhausta, se había dejado conducir. 
Había dejado que Manuel le ofreciera un plato de humeante sopa para luego, arrullada en su pecho, caer rendida.

Desde las rocas la mujer sonrió al día, sonrió al océano. 
Su padre la había sacado del fondo.
La había sostenido y le había recordado un secreto, el mayor secreto del universo.
Rayando con su pie sobre la arena la mujer revivió jubilosa el evento.

No sabía en realidad que había ocurrido. En un segundo estaba muerta y luego, en un instante, se había sentido completamente viva, como nunca antes.
Siempre había vivido con miedo. Había creído que estaba sola y que había que luchar por todo. Pero, al igual que las piedras la habían arrastrado hacia el fondo, esas creencias la habían arrastrado a la locura. Y entonces, en el abismo, rendida y liberada de todo afán (y más allá del miedo), había recordado. Cuando se fue el miedo estalló la luz. El amor, su padre, la inocencia, la dicha.
Del fondo inacabable de su entraña llegó el amor, en la figura de su padre.
Desde el manantial eterno de su corazón llegó la comprensión.
La felicidad, la plenitud, eran todas suyas, eran su destino…y su esencia.
¡Y ella lo sabía!
En la diáfana claridad de su infancia, en aquella cristalina e inocente alabanza por todo lo creado, en el jubiloso rendirse a la dicha de experimentarlo todo, se había sabido infinita… y divina. Había amado totalmente a su padre porque él la había amado sin medida.
El amor de ambos era el reflejo de lo que ellos eran.
¡Su propia grandeza, su propia perfección!
No tenía que luchar por su vida, la vida era el escenario para expresar el amor.
¡Ella, ellos, todo era el amor!
Su padre, aún vestido de agua, había sonreído cuando Magdalena comprendió la verdad.
Tu Eres eso- le había dicho- puro, desbordante y absoluto amor.
En ese instante, inhalando Conciencia en medio del océano, había estallado desde su corazón la Verdad de lo que ella (y todo) Era. Podía morir en la mortaja de sus miedos, o podía rendirse a la inmortalidad de Amar. Renunciando a controlar su vida... podía, simplemente dichosa, gozar de su existencia. Aquí, ahora.
Vivir es Amar... y amar lo Es Todo.

****

Mientras el sol derrama su luz sobre el hemisferio occidental, una mujer, de negra y ondulante cabellera, proyecta su sombra sobre las prístinas arenas que bordean un litoral. En silencio,alzando la vista a la naciente claridad del día, y desde el fondo de su corazón, entona un nuevo y eterno canto de gratitud.

Alabanza al Amor por mi vida... Exactamente como es.

Gracias Señor por todo lo creado.
Gracias por el mar y las arenas, por el día, por las estrellas.
… y por el increíble regalo de ser.
Niña
Mujer
Esposa
Madre

... Una Amazona Victoriosa.

Fin.

3 comentarios:

  1. Escribí esta historia hace algún tiempo. La escribí para una de mis hermanas, quien poco antes de ello, había padecido una separación de pareja.
    Me gustó poder ofrecerle una mano amiga y arrancarla del abismo al que se había conducido.
    Quizás a ti también te ayude a recordar...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. hermoso miguel querido, como todo lo que escribes!! abrazo!! <3

      Eliminar
    2. Grax María.
      Tus comments me son siempre gratos (como calorcito acá en el alma) :)

      Eliminar