Amor.
Iniciaba
el verano del 77, terminaban por fin las clases.
Hacía calor y yo,
con mis libros bajo el brazo y dirigiéndome a casa, saboreaba mi
recién conseguida libertad.
En
cuanto llegue a casa- pensaba- me regalaré una enorme "Coca
Cola", nada más para celebrar.
La
vida era maravillosa, tenía mi bici, mis amigos, unas largas vacaciones
por delante y sobre todo... Tenía a Mónica.
¡Por
Dios, Cómo la amaba! La piel se me ponía fría cada vez que pensaba
en ella. Contaba tan sólo 13 años pero yo la amaba igualmente.
Además yo tenía 15. No está mal- me decía- no está nada mal. Es más, está requetebién.
Con un silbido juguetón naciendo entre mis labios corrí para
alcanzar al autobús que me conduciría al hogar.
Ir
por las tortillas, ayudar en la mesa para sentarnos todos a comer,
saborear mi deliciosa coca cola y acarrear mis libros hasta el
estante (que los guardaría por una larga temporada) consumió la
mayor parte del tiempo desde mi llegada y hasta aproximadamente las
cuatro treinta de la tarde.
Alrededor
de las cinco, sentado en el dintel de mi ventana, en el cuarto piso del edificio en el que vivía con mi familia, observaba, con
detenimiento y atención a los autos que llegaban. Mónica asistía a un medio internado y regresaba
del mismo a esa hora. Yo, un hombre fiel, me sentaba ahí
todas las tardes para verla llegar.
Es
tonto- me decía en ocasiones- es tonto estar aquí. Todo el mundo
sabe que espero por ella y todos saben que tan pronto llegue, bajará
del auto, echará una discreta mirada a mi edificio, me verá ahí
(puntual como siempre), se meterá al suyo y... ahí me quedaré yo,
perplejo y enamorado, esperando por el día siguiente.
Si, todos lo sabían, Dios y el mundo entero sabían que yo estaba perdido por una niña que no me pelaba. Era un sueño, un tonto sueño, un exquisito sueño de muchacho, un fabuloso, cursi, maravilloso y desventurado sueño. ¡Yo lo sabía! Y pese a eso, o tal vez por eso mismo, esperaba.
¡Qué
más té queda!- decía para mí mismo- qué más sino esperar. La
amas como jamás habrías imaginado, como quizás no vuelvas a hacerlo.
Qué
más si de solo contemplarla el corazón se te escurre del pecho y tu
alma toda se inflama de placer.
¡Y
ahí llegaba!, El conocido ronroneo del auto de su padre
interrumpiendo mis pensamientos.
El
pequeño Datsun azul se detuvo frente al edificio seis y de su
interior salió el señor Ramírez (el también sabía). Me dirigió una
mirada amigable aunque condescendiente, una mirada que decía- En
verdad te gusta ¿No? Y acto seguido se perdió en el interior del
inmueble.
Ella
salió del auto entonces.
Con su uniforme del "Héroes" Mónica era, ni más ni menos, la mujer más hermosa del universo... y punto. Pelo negro, apretado en cola de caballo, ojos tan grandes y profundos como pozos, esbeltas, hermosas, bellísimas piernas enfundadas en calcetas, tenue cuerpo, cubierto en poderoso gris escolar a la rodilla. ¡Ah por los hombres enamorados!
Dulce
reina que descendía de su carruaje.
Así que tal y como yo esperaba, ella bajó del auto, alzó la
mirada y...
¡Se
sonrió conmigo!
El
mundo osciló peligrosamente a mí alrededor (recuerda que vivía en un cuarto piso) y un delicioso vértigo
se apodero de todo mi ser.
No
era algo tan fuera de lo común, ella algunas veces lo hacía, solo que
siempre que ocurría padecía yo la misma reacción. Todo yo me
sentía morir y renacer a un tiempo y la existencia se llenaba de las
más tiernas notas de bendito, claro y puro amor.
¡Y
claro que ella era perversa! Era un verdadero vendaval de fatalidad.
13
años de tierna femineidad apuntando su arsenal pesado al infeliz y
loco niño que empequeñecía a ojos vistas debía ser un espectáculo
la mar de divertido ¿No?
Aún
ahora, al relatarte esta historia, puedo sentir la frágil
mansedumbre de aquel niño que intuía lo inmenso y lo pequeño de la
existencia. Lo grandioso al lado de lo bizarro, lo sublime a la par
de lo mundano.
Mónica
bien que sabía de que pie yo cojeaba.
Sus
discretas y coquetas miradas a mi edificio eran regalo y
pesadilla, gloria e infierno. En varias ocasiones, a lo largo de los
años, cuando, descansando frente al televisor o contemplando el atardecer al final de la jornada, me he perdido en los recuerdos de esos tiempos me he
preguntado ¿Qué habrá significado para ella mi presencia en esa elevada
ventana?
Puedo
asegurar que para mí, aquellas tardes de fidelidad desde el ventanal
fueron terribles, dolorosas y fantásticas hasta el límite de mi
entendimiento. Esa niña vivió en el centro de mi corazón por
mucho, muchísimo tiempo y creo ser honesto si afirmo que fue ella la
primer mujer que me obligó a tomar conciencia de lo profundos que
pueden ser unos ojos.
Hubo
mucho más que sólo esas tardes desde el dintel (aunque nada
demasiado tórrido me temo), pero creo que eso fue lo más esencial,
lo más preciso y puro que puedo referir.
Ella
sé sonrió conmigo (como algunas otras veces), levantó apenas su
mano en breve saludo y desapareció tras de su padre en el interior
de su edificio.
¡Hasta
mañana hermosa, hasta mañana!
¿Qué
más puedo decir?
No
hubo encuentro final de entrega ni beso apasionado.
Aquel
verano fue, de muchas maneras, El Verano. Para cuando julio se
convirtió en agosto había yo ya tenido muchas ocasiones para
depositar mis lujuriosas e ingenuas miradas sobre aquella piel
morena. Lenta, pero inexorablemente, mi amada se transformaba en
mujer. Cual pequeños capullos, sus tiernos senos comenzaban a llenar
el vacío espacio que protegieran sus leves blusas playeras.
Jugando
"encantados" o "escondidas" pude tener (y contener) mi cuerpo frío junto
a su ardiente pubertad y disfruté de su cháchara ligera al tiempo
que sondeaba los abismos de esos negros ojos. En cierta ocasión
incluso pudimos estar a solas, sin la barrunta descompasada de
nuestros adolescentes amigos. De aquel glorioso día podría
escribir toda una oda a la vida. Una tarde entera para fantasear con
nuestra fuga (Claro, todo esto en la intimidad de mi mente), con la
choza que nos guardaría, con los atardeceres frente al mar y con las
locas noches de piel y piel y piel que gozaríamos uno al lado del
otro. ¡Cielos, que días aquellos!
En
fin, que aquel verano fui lanzado al mundo de los jóvenes en la
catapulta del amor que sentía por ella, por Mónica. Verano aquel que, como todo, llegó a su fin. Verano que el hemisferío norte cedió al
otoño majestuoso de nuestras latitudes. Verano que jamás olvido.
Tiempo
de mi juventud que me llevó (con sus nuevos libros) hasta el portal de la academia poderosa de la escuela preparatoria.
Pero
divago.
Aquel período pues, llegó a su fin. Hubo después algunas vacaciones más. Fuimos amigos y yo pude contemplar de cerca aquellos ojos, aquel dulce rostro y aquel breve y poderoso cuerpo de niña mujer que, al tiempo, se fue llenando de promesas y misterios. Así ocurrió, hasta que llegó aquel otro verano en que mi amada se escapó con su familia en busca de otras promesas del mundo. El pequeño niño hombre que era yo no lloró con lagrimas aquel adiós, pero su corazón, infantil y eterno, sí.
Aquel período pues, llegó a su fin. Hubo después algunas vacaciones más. Fuimos amigos y yo pude contemplar de cerca aquellos ojos, aquel dulce rostro y aquel breve y poderoso cuerpo de niña mujer que, al tiempo, se fue llenando de promesas y misterios. Así ocurrió, hasta que llegó aquel otro verano en que mi amada se escapó con su familia en busca de otras promesas del mundo. El pequeño niño hombre que era yo no lloró con lagrimas aquel adiós, pero su corazón, infantil y eterno, sí.
Llegaron
otras mujeres, llegaron otros quehaceres, me convertí en adulto y
tal vez hasta aprendí algunos trucos pero, es importante decirlo, de
alguna forma quedó mi corazón aguardando el que alguna de esas
tardes de aquel lejano verano el dulce néctar de esa boca se
derramara en mis labios.
Quedó
el recuerdo.
Quedo
en mi alma, en mis sueños y en las líneas del poema que
escribí un par de años después del último encuentro con mi pequeña
amiga, con mi pequeño amor.
***
“Cuando ayer abrazé tu alma en mi corazón soñé que eso era amar. Más luego de tu partida, ya lejos de ti y del calor que tu belleza irradia,
entendí que aquello que los poetas perciben en las rosas es más que sólo su descomunal belleza. Cuando continué
por la vida sin tu luz comprendí que no es sólo su hermosura lo que hace a las rosas tan perfectas. Comprendí que son eternas gracias a ese tenue, exquisito aroma que, cual benigna niebla, todo cubre y
de fresca dicha todo impregna.
Ahora,
cuando ya te has ido, sé que amarte no era verte y adorarte. Ahora
que no hay sino sombras, sé que amarte a ti era amar al mundo, sé que amarte a ti era amarme, porque de tu
aroma hermoso mi existencia toda tú llenaste.”
Doquiera te encuentres.
Que
la vida te haya obsequiado alegría
y
que tus penas sean de esas que siempre se pueden soportar.
Luis
Miguel Manzo
México
D.F. 1982